Soberanía alimentaria y moléculas verdes
15 de junio de 2026Se cumplen ya más de cien días desde el inicio del conflicto en Oriente Medio y sus consecuencias, lejos de remitir, se han instalado en nuestra economía. El cierre del estrecho de Ormuz ha alterado cerca del 20 % del suministro global de amoníaco y urea y mantiene el precio de los fertilizantes nitrogenados un 70 % por encima de la media de 2024. Detrás de esas cifras hay algo más que un sobresalto pasajero en los mercados: hay una advertencia sobre la fragilidad de aquello que dábamos por garantizado.
Durante décadas, Europa construyó buena parte de su prosperidad sobre cadenas globales de suministro extraordinariamente eficientes. Pero los últimos años nos han enseñado una lección que ya no podemos eludir: la eficiencia no siempre es sinónimo de resiliencia. La volatilidad energética, las tensiones geopolíticas y la competencia global por los recursos estratégicos han dejado al descubierto la vulnerabilidad de sectores esenciales, y la producción de fertilizantes es uno de los más expuestos.
Cuando hablamos de fertilizantes, hablamos en realidad de la capacidad de un país para garantizar una producción alimentaria estable y competitiva, incluso en escenarios de incertidumbre. El amoníaco es el caso más ilustrativo: base de la mayoría de los fertilizantes nitrogenados, su producción depende tradicionalmente del hidrógeno obtenido a partir del gas natural. Un modelo que ha abastecido a la agricultura europea durante décadas, pero que nos ha hecho dependientes de materias primas energéticas que no controlamos. Lo ocurrido en Ormuz es, en el fondo, la enésima demostración de esa dependencia.
Consciente de esa vulnerabilidad, la Comisión Europea presentó el pasado 19 de mayo su Plan de Acción sobre Fertilizantes, una iniciativa que apunta, con acierto, en la dirección correcta. Propone reforzar la autonomía estratégica y la producción doméstica, activar mecanismos de compra conjunta ante la emergencia y mejorar la transparencia y la gestión de riesgos en las cadenas de suministro, reforzando el Observatorio del Mercado de Fertilizantes de la UE. Pero, sobre todo, impulsa la transición hacia biofertilizantes y fertilizantes bajos en carbono —como el amoníaco verde— para desligar la producción de fertilizantes del precio del gas natural. En Enagás Renovable llevamos tiempo trabajando precisamente en esa dirección, convencidos de que las moléculas verdes son una pieza central de esa respuesta.
El hidrógeno renovable permite transformar uno de los procesos industriales más importantes para la agricultura moderna. Incorporado a la producción de amoníaco, hace posible fabricar fertilizantes de baja huella de carbono y, al mismo tiempo, reducir nuestra exposición a factores externos que escapan a nuestro control. No se trata solo de sustituir una molécula por otra, sino de replantear una parte esencial de nuestra cadena de suministro sobre bases más sostenibles y resilientes. Es, además, una palanca industrial de primer orden: nuevas capacidades productivas, inversión, empleo cualificado y conocimiento en sectores llamados a liderar la economía del futuro.
El biometano aporta una perspectiva complementaria igual de valiosa. Producido a partir de residuos orgánicos, aprovecha recursos que ya existen en el territorio y reduce nuestra dependencia de combustibles fósiles importados. Pero tiene, además, una virtud que conecta directamente con el plan europeo: durante la digestión anaerobia se genera digestato, un subproducto rico en nutrientes que puede emplearse como fertilizante orgánico o como materia prima para nuevos productos fertilizantes. Es exactamente el tipo de solución circular —valorización de residuos ganaderos, recuperación de nutrientes— que la Comisión sitúa hoy en el centro de su estrategia. Cerramos ciclos, devolvemos valor al sector agrícola y construimos un modelo más eficiente.
Conviene entender que esta cuestión va mucho más allá de lo ambiental. Disponer de fuentes locales de nutrientes para la agricultura es, en sí mismo, un elemento de resiliencia. La transición energética nos obliga a repensar cómo gestionamos nuestros recursos y cómo fortalecemos las actividades esenciales para nuestra sociedad. Lo que antes era una conversación sobre clima es hoy, también, una conversación sobre seguridad y soberanía.
España parte de una posición especialmente favorable para liderar esta transformación.La abundancia de recursos renovables y la fortaleza de nuestro sector agroganadero nos ofrecen una base sólida para impulsar la producción de hidrógeno renovable y biometano. Una combinación que nos permitirá avanzar en los objetivos climáticos, desarrollar nuevas capacidades industriales y generar valor en el territorio. Y serán precisamente las zonas rurales las que más directamente pueden beneficiarse, convirtiéndose en protagonistas de una nueva economía vinculada a la energía renovable y a la gestión sostenible de los recursos.
En Enagás Renovable estamos convencidos de que apostar por las moléculas verdes es apostar también por nuestra agricultura, nuestra industria y nuestra capacidad de afrontar el futuro con mayor seguridad. El plan confirma que el camino que iniciamos no era una apuesta de futuro: es una necesidad del presente.


