Moléculas verdes para una Europa más resiliente
19 de marzo de 2026La guerra en Irán nos ha recordado, de forma abrupta, una lección fundamental: uno de los mayores riesgos que enfrenta nuestra economía es la exposición a la volatilidad e inestabilidad de los mercados internacionales de combustibles fósiles.
Aunque solo una pequeña parte del gas y del petróleo que consumimos en España pasa por el estrecho de Ormuz y el suministro no corre riesgo gracias a la diversificación de orígenes y las reservas estratégicas, cualquier disrupción en el mercado termina afectándonos, y lo seguirá haciendo, a través de los precios.
Afortunadamente, hoy estamos mejor preparados que en pasadas crisis. El impulso de los gases renovables en los últimos años nos ofrece una oportunidad para ampliar al conjunto del consumo energético el escudo geopolítico que ya nos proporciona la electricidad de origen renovable. En un entorno de creciente incertidumbre global, la capacidad de producir nuestra propia energía se convierte en un factor clave de protección para nuestros hogares e industria.
La seguridad energética no es solo una cuestión de suministro, sino la base de nuestra soberanía económica. El hidrógeno renovable y el biometano, al producirse localmente, permiten desvincular los costes energéticos de las tensiones geopolíticas externas y aportar estabilidad a largo plazo mediante acuerdos de compraventa, facilitando que las empresas planifiquen su futuro con mayor certidumbre.
Para reforzar nuestra autonomía ante futuras crisis, debemos mantener la ambición por el desarrollo de las energías renovables. La coyuntura actual no nos debe hacer perder de vista que el futuro para Europa pasa por un sistema energético autóctono, que pueda ser además descarbonizado. Para que las moléculas verdes cubran una parte relevante de nuestro mix energético, es imprescindible garantizar un marco de seguridad jurídica estable y predecible.
En el ámbito nacional, es fundamental redoblar los esfuerzos para facilitar la materialización de los proyectos de gases renovables, muchos de ellos ya en fases avanzadas de desarrollo. Las recientes Decisiones Finales de Inversión (FIDs) en grandes proyectos de hidrógeno renovable —como ONUBA, en Huelva, en el que participamos junto a Moeve y Masdar— evidencian el firme compromiso del sector con estos nuevos vectores energéticos. El siguiente paso es claro: acelerar su ejecución e iniciar su construcción a la mayor brevedad posible.
Estos FIDs son además el compromiso definitivo con el territorio. Es el paso que garantiza que la transición energética se traduzca en empleo localizado de calidad y en una reindustrialización de nuestras regiones, desde Huelva a Cartagena o Tarragona, pero también el ámbito rural juega un papel esencial en el desarrollo del biometano y su capacidad de dinamizar socioeconómicamente los territorios, a la vez que ofrece una solución a la gestión de los residuos de la agricultura y la ganadería.
Con las moléculas verdes, tenemos en nuestra mano poder protegernos ante próximas crisis, como lo está el mercado eléctrico con las renovables. Tenemos recursos, proyectos maduros, empresas líderes y voluntad de inversión.
Esta nueva crisis vuelve a recordarnos que la transición energética no es solo una opción, sino el camino más seguro hacia una economía más resiliente e independiente. Pero para avanzar con éxito, este esfuerzo debe ser compartido. La transformación de nuestro modelo energético exige visión de país, estabilidad y un amplio consenso social e institucional que la acompañe en el tiempo.
Porque solo desde ese acuerdo colectivo podremos desplegar todo nuestro potencial y garantizar que la autonomía estratégica —y el bienestar de nuestras futuras generaciones se construya sobre bases sólidas, sostenibles y compartidas.


